El Crash Course Capítulo 19: El incierto futuro

Una vez que tuvimos esta dinámica en mente, afrontamos los datos sobre la deuda, que es la obligación de pagar con un dinero aún inexistente y que se ganará en el futuro; dicha deuda excede con creces todos los parámetros históricos. La otra cara de la moneda, que en sí misma representa ya una tendencia sociológica, es la constante erosión del ahorro, observada durante exactamente el mismo lapso en que crecía la deuda, de tal manera que nos encontramos al unísono con los mayores niveles de endeudamiento junto a los menores niveles de ahorro de la historia.

A continuación vimos que nuestra incapacidad para el ahorro afecta a todos los niveles de la sociedad y se ha trasladado incluso a una desesperante ausencia de inversiones en infraestructuras.

Lo siguiente que aprendimos fue cómo los activos, en especial la vivienda, fueron creciendo ficticiamente en el interior de una prolongada burbuja, que hoy en día está explotando y cuyos mortíferos efectos tardarán muchos años en desaparecer. Al estallar, las burbujas crediticias provocan un pánico financiero que destruye gran parte del capital. En realidad, eso que acabo de decir no es del todo verdad; la siguiente cita lo explica mejor:

“El pánico no destruye el capital, únicamente revela hasta qué punto el uso de dicho capital para obras totalmente improductivas ya lo había destruido de antemano”.

- John Stuart Mill, economista político (1806-1873)

Aprendimos entonces que las autoridades gubernamentales no suelen arreglar el daño producido por una burbuja al estallar, ya que sus intentos para limitar más daños suelen errar el tiro. El daño estaba hecho de antemano. Se debió a la construcción desaforada de demasiadas casas, de demasiados centros comerciales, vendidos luego a precios demasiado altos, así como a la superabundancia de demasiados bienes importados y comprados a crédito. Todo eso era un daño anterior al estallido de la burbuja. Así que ahora toca encontrar a los responsables, pero esa gente del gobierno se las está arreglando para asegurarse de que sean ustedes quienes la pagarán.

Después, aprendimos que el déficit más profundo del gobierno usamericano se sitúa en el ámbito demográfico, detalle que lo convierte en un problema imposible de arreglar mediante políticas, leyes o, simplemente, optimismo. Se trata de un hecho incuestionable, de una inconveniencia debida a circunstancias sociológicas, tan fuera de nuestro alcance como la ley de la gravedad, pero un hecho al fin y al cabo.

Y ese hecho tiene que ver con los baby boomers. Supimos que los activos con los que estos baby boomers solían alardear de su riqueza (es decir, sus acciones, sus bonos y sus viviendas) tenían que ser vendidos como condición sine qua non para que los boomers obtuviesen liquidez. Y fue en ese momento cuando planteamos que la población nacida después de ellos era menos numerosa y no había bastante gente para comprarlos. ¿Qué suele suceder en situaciones como ésta? Pues que cuando hay más vendedores que compradores, el valor disminuye.

Durante mucho tiempo las cifras económicas que el gobierno solía mostrarnos habían sido manipuladas de antemano, hasta tal punto que dejaron de reflejar la realidad. Y si es un hecho que los datos falsos conducen siempre a tomar malas decisiones, no es de extrañar que hoy día nos encontremos sumidos en esta situación. Si queremos preparar un plan estratégico y con sentido común para el futuro, es imprescindible que hagamos antes una evaluación fidedigna de cuál es nuestra verdadera situación.

Más tarde, en tres capítulos fundamentales, aprendimos que la energía es la fuente de cualquier actividad económica y que el petróleo es, de lejos, la fuente de energía más importante de todas. Nuestro edificio económico está construido sobre la suposición de un crecimiento ilimitado de suministros energéticos, lo cual es un concepto fácilmente refutable.

Todo pozo petrolífero y todo el conjunto de los yacimientos petrolíferos del mundo inician su declive al llegar al denominado pico del petróleo. El pico del petróleo no es una teoría, sino una observación real del envejecimiento de los pozos petrolíferos. Continuamos luego explorando la obvia tensión entre un sistema monetario que implanta como norma el crecimiento exponencial y el hecho de que nuestra principal fuente energética ya ha llegado al pico… o lo hará muy pronto. En cualquier caso, Usamérica ni siquiera ha empezado a invertir en un futuro que se caracterizará por la ausencia de petróleo barato. Ni siquiera se nos ocurrió hacer un “plan B”.

Por último, observamos que el medio ambiente –es decir, los recursos y los sistemas naturales de los cuales dependemos– está dando claros signos de agotamiento, toda vez que nuestra población también crece de manera exponencial y eso acelera la explotación, asimismo exponencial, de tales recursos. El resultado es que asistimos a un rápido y alarmante desfallecimiento de los ecosistemas. Vimos que, incluso cambios mínimos en los ecosistemas, como pueden ser los patrones pluviales, pueden generar costos masivos, generalmente no planificados, que serán prioritarios por delante de otras necesidades.

Es verdad, de la misma manera que en el pasado tuvimos que enfrentarnos a otros problemas, en el futuro tendremos que enfrentarnos a éstos. Lo inquietante es que todos aparezcan a la vez.

Ahora ha estallado la burbuja inmobiliaria, justo en el momento en que empieza a jubilarse la primera oleada de baby boomers. Al mismo tiempo, cuando llegamos al pico del petróleo la demanda excede a la oferta, lo cual obligará a hacer ajustes enormemente caros, con costos aún desconocidos que se asociarán a la disminución de los recursos, y todo ello junto a un cambio climático que merodea en el entorno y hará su aparición en un futuro no lejano. Y, por encima de todo esto, como una espada de Damocles que limita nuestras opciones, están nuestra incapacidad nacional para el ahorro y la inversión, y nuestros descomunales niveles de deuda, que no tienen precedente histórico alguno.

Todos estos eventos cronológicos, que irán apareciendo desde ahora mismo hasta el año 2020, representan retos masivos que convergen en un excepcionalmente corto período.

Y de todo ello surgen las siguientes preguntas: “¿De dónde saldrá el dinero para enfrentarnos a todos esos retos, si carecemos de ahorros y nuestras deudas son insuperables?”

Cualquiera de estos acontecimientos, por sí solo, será ya una pesada carga para nuestra economía nacional. Dos de ellos, si suceden a la vez, podrían ser perturbadores. Pero ¿y si fueran tres los que surgen simultáneamente? No es difícil prever que el resultado podría ser la destrucción económica de nuestro país o, quizá, la caída del dólar como reserva de riqueza.

¿Cuántos billones de dólares necesitaremos para financiar la jubilación de los baby boomers? ¿Cuántos billones para renovar nuestra infraestructura del transporte o para hacer frente al pico del petróleo? ¿De dónde saldrán las decenas de millones para compensar los déficits de los programas de pensiones y ayuda social? ¿De qué manera podríamos cumplir nuestras promesas de jubilación y ayuda social, si estamos ya agobiados por la pesada carga de este endeudamiento, el mayor de toda nuestra historia? ¿De dónde saldrá el dinero para reparar el desastre provocado por el estallido de la burbuja crediticia? ¿Hasta qué punto subirán los precios de los alimentos y los minerales en el futuro, ahora que el petróleo ha llegado o está llegando al pico y el aumento poblacional exige cada vez más de unos recursos cada vez menos abundantes?

Cada una de esas tendencias o amenazas necesitará años, si no décadas, para ser resuelta y, sin embargo, las tenemos ya estacionadas frente a nuestra puerta, sin que por ello exista todavía en el ambiente ninguna discusión o planificación nacional digna de ese nombre. Cada día que pasa perdemos un tiempo precioso, mientras que los problemas van creciendo, aumentando su costo y volviéndose más difíciles de resolver. Ganar tiempo no es una estrategia y el tiempo demostrará que, en el fondo, es una táctica que lleva al desastre.

La madurez de una nación se demuestra enfrentándose a la complejidad y planificando el futuro. Pero, en mi opinión, con muy pocas excepciones, nuestra dirigencia política y corporativa no hace nada. Tenemos que cambiar eso.

Ya va siendo hora de que abandonemos nuestra idea adolescente de que el pastel es nuestro, de que tenemos derecho a comérnoslo… y a pagarlo con dinero prestado.

Ya va siendo hora de que volvamos a vivir ateniéndonos estrictamente a lo que nos permita nuestra situación económica. Tenemos que establecer prioridades, hacer un presupuesto y respetar ambas cosas.

¿Y ustedes? Si no lo han hecho ya, deberían admitir la posibilidad de que, quizá, el camino hacia el futuro no sea derecho. Quién sabe si será tortuoso y los lleve a algún lugar inesperado. El azar ha hecho que estén viviendo uno de los momentos históricos más interesantes de la especie humana, en el que grandes cambios pueden ocurrir. Tales cambios pueden ser aterradores o estimulantes, en sus manos está elegir qué pretenden que sean.

¿Qué debemos hacer? ¿Qué pueden hacer ustedes, cuáles son los pasos a tomar de inmediato?

Los espero en el último capítulo del Crash Course. Gracias por su atención.

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