El Crash Course Capítulo 18: El medio ambiente

Sepan que la población mundial sobrepasó en 1960 la cifra de 3.000 millones de seres humanos y que las proyecciones indican que habrá que añadir otros 3.000 millones en sólo 42 años más. De modo que toda la historia de la humanidad necesitó llegar hasta 1960 para alcanzar los 3.000 millones de habitantes pero, ahora, en sólo 40 años habremos añadido 3.000 millones más.

¿Recuerdan el ejemplo que les di en el Capítulo 4, el del estadio de béisbol Fenway Park, en el cual se necesitaban 44 minutos para llenar de agua el 3% de su volumen, pero sólo 5 minutos más para llenar el 97% restante? Ésa es la dinámica de este juego.

Antes de que consideremos el hecho de que en sólo 40 años habremos duplicado nuestra población, déjenme mostrarles el lío en que nos hemos metido quienes ya estamos en este mundo.

Este año habrá 70 millones más de seres humanos que el año pasado sobre la superficie del planeta. Sí, 70 millones más. Para que puedan conceptualizar esto que les digo, sepan que esa cantidad multiplica por tres el número de habitantes que viven en las diez ciudades más populosas de Usamérica. El crecimiento de la población mundial es equivalente a la población conjunta de esas 10 ciudades multiplicada por tres cada año durante los próximos 40 años. Así funciona el valor exponencial.

Más gente significa más necesidad de recursos. Más aluminio, más alimentos, más bienes de consumo transportados a más lugares… y más coches. Siempre más coches.

Y en caso de que alguno de ustedes cometa el error de creer que no es tan grave, porque lo más probable es que esa gente vivirá en China, en un tugurio sucio, con un burro y un cesto de mimbre para ir tirando, permítanme que les muestre una de las ciudades de mayor y más rápido crecimiento del planeta. Se llama Shenzhen y está en China. En muchos aspectos es más nueva y más moderna que la mayoría de las ciudades occidentales. Esto es a lo que aspira todo el mundo.

La gente es igual en todas partes. Todos queremos vivir en ciudades esplendorosas y a todos nos gusta comprar cosas bonitas en barrios elegantes. Al margen de esto, les contaré que las estimaciones de la población china varían entre 1.300 y 1.600 millones de habitantes. Eso significa que podrían ser 300 millones más… o 300 millones menos. El margen de error es de 300 millones. De manera que, para los chinos, los 300 millones de usamericanos seríamos eso, un “margen de error”.

De hecho, las cinco ciudades más populosas de Usamérica, juntas, tienen menos habitantes que la ciudad más grande de China.

Pero permítanme que regrese a la estimación anterior, según la cual dentro de 40 años habrá otros 3.000 millones de personas sobre la superficie del planeta.

Una característica que los seres humanos compartimos con todos los organismos vivos es que hacemos uso en primer lugar de los recursos de mayor calidad que obtenemos con mayor facilidad. Cuando se trata de los recursos naturales del planeta, siempre empezamos por las tierras más fértiles, los árboles más altos y los bancos de peces más populosos. Es decir, está en nuestra naturaleza el explotar en primer lugar los recursos de mayor calidad.

Llegados a este punto, les recordaré que el petróleo es un recurso natural finito y, por esa razón, cada pozo individual y todo el conjunto de los yacimientos petrolíferos del planeta exhiben un perfil clásico de extracción, que se asemeja a una curva en forma de campana.

Este ejemplo particular, referido al petróleo, puede generalizarse para crear un perfil general de extracción de todos los recursos naturales, según el cual empezamos a explotar primeramente los recursos más cercanos, más ricos, más accesibles y de mayor calidad, para después pasar a explotar otros recursos cada vez más dificultosos, más pobres, más escasos o más distantes. El corolario de ese comportamiento es que, con el tiempo, conforme nos vemos obligados a explotar recursos más dificultosos, la energía necesaria para obtenerlos va en aumento y, con ella, los costos. Sobre eso no cabe la menor duda, es un hecho incuestionable.

Veamos un ejemplo: los primeros europeos que llegaron a este país se encontraron con cosas realmente espectaculares que estaban a la vista de todos, como puede ser esta enorme pepita de cobre. Pronto, todas aquellas enormidades desaparecieron y entonces hubo que centrarse en pepitas de menor tamaño que, por supuesto, no tardaron en desaparecer también. Lo siguiente fue explotar las menas de mayor concentración. Para quienes no lo sepan, una mena es un mineral, extraído por minería de un yacimiento, del cual se puede obtener un metal mediante un proceso metalúrgico.

¿Y qué hacemos en la actualidad?

Ahora nos dedicamos a explotar yacimientos como el de la mina de Bingham Canyon, en Utah. Mide 3 kilómetros de anchura y 1.200 metros de profundidad y, cuando se empezó a explotar, era una montaña. De ella se extrae mineral cuya concentración de cobre es del 0,2%. ¿Creen ustedes que sus propietarios iban a hacer todo ese esfuerzo si todavía pudiesen encontrar pepitas de cobre en el lecho de un arroyo? De ninguna manera.

Pero estudiemos este asunto con mayor detalle. ¿Ven ese camión ahí abajo? Su motor funciona con un combustible derivado del petróleo; con diésel, para ser más exactos. Si no existiese combustible para hacer andar ese camión, ¿con qué creen que transportaríamos fuera de la mina el mineral extraído? ¿A lomo de burro? Esos camiones transportan 255 toneladas por carga. Supongamos que un burro podría transportar unos 65 kilos en cada viaje. Eso quiere decir que el camión transporta en un solo viaje el equivalente a la carga de unos 3.500 burros. Son muchos burros.

¿A dónde quiero llegar? Pues a que un agujero en la tierra que mide 3 kilómetros de anchura y 1.200 metros de profundidad es una demostración espectacular de despilfarro energético. En los tiempos que corren, ahora que la energía empieza a escasear, me parece improbable que podamos excavar muchos más hoyos como éste, lo cual quiere decir que el cobre empezará a escasear también.

Y aquí es donde esta historia se vuelve interesante de verdad. La cantidad de energía y de dinero que se necesitan para extraer cualquier mineral o metal está en función del grado de la mena. El grado de una mena es el porcentaje de la sustancia deseada que se encuentra en su interior. Por ejemplo, una mena de cobre con un grado del 10% contiene 10% de cobre y 90% de cualquier otra sustancia. Esa otra sustancia, que se desecha, se denomina ganga. Si calculamos cuánta ganga tenemos que extraer de la mena –y luego desechar– para obtener el metal puro deseado, podremos representar gráficamente la operación de esta manera: ¿Les resulta familiar? Debería, porque se trata de un gráfico exponencial.

Este gráfico nos dice que si tuviésemos una mena con un grado de cobre del 2% (véase la abscisa) necesitaríamos extraer 500 kg de mena (véase la ordenada) para obtener 1 kg de cobre. Sepan que si en este gráfico he utilizado el grado del 0,2% se debe a que es exactamente el mismo de la mina de cobre de Bingham Canyon. Un porcentaje tan bajo explica por qué el agujero es tan descomunal. Y también nos explica que, sin la ayuda de esos camiones gigantescos, probablemente no podríamos extraer minerales de un grado tan bajo. Lo cual quiere decir que hemos llegado al extremo de la derecha de esta curva en forma de campana, tanto en lo que respecta a la energía como al costo.

Pero, ¿acaso nos dedicamos a explotar yacimientos tan poco productivos como el de Bingham Canyon porque nos gusta el desafío que representan las menas de bajo grado? No, lo hacemos porque ya hemos acabado con todas las menas de alto grado –habidas y por haber– y ahora tenemos que conformarnos con éstas. Lo hacemos porque no tenemos otra opción. Lo hacemos porque en solo 200 años hemos acabado con todas las menas de alto grado.

Veamos otro ejemplo, esta vez relacionado con el carbón. La producción de carbón, calculada en toneladas extraídas, ha venido creciendo sin descanso al ritmo del 2% anual desde los años cuarenta. Este tipo de crecimiento –estable, continuo y exponencial– es exactamente lo que exigen nuestra economía y nuestra sociedad. El presidente Bush afirmó una vez que tenemos por delante 250 años de carbón, con lo cual quiso decir que esta flecha roja que aquí ven puede seguir subiendo en esa dirección durante 250 años más. En otras palabras, no corre ninguna prisa, porque disponemos de una ingente cantidad de carbón a la espera de que vayamos a buscarlo.

Pero ese cuento tiene truco. El carbón se presenta en la naturaleza de varias formas, cada una de ellas con grados distintos de concentración. La forma más apetecible es la antracita, un carbón de aspecto negro, duro y brillante. La antracita es el carbón que desprende más calor al arder, tiene un bajo contenido de humedad y es muy apreciado en la industria del acero. Luego viene el carbón bituminoso, con algo menos de energía por kilo de peso. Después, el subbituminoso. Y, por último, el denominado lignito, cuyo alto contenido de humedad y muy baja energía hacen que sólo sirva para quemar. Después del lignito vienen… bueno, las piedras, que arden sólo ligeramente menos que el lignito.

Veamos entonces cuál es la historia minera de la antracita en Usamérica. ¿Han observado la tendencia de este gráfico? La razón por la que ya casi no se extrae antracita es que está prácticamente agotada. En cuestión de unos 100 años hemos agotado la antracita que nos legó la naturaleza y que se había ido formando a lo largo de cientos de millones de años.

De manera que, una vez agotada la antracita, hemos pasado a explotar la forma de carbón que le seguía en calidad energética, es decir, el carbón bituminoso. Y vale la pena señalar que en 1990 la producción de carbón bituminoso empezó a declinar. ¿Sería acaso porque dejó de interesarnos este carbón de menor grado? No, lo que sucedió es que también empezó a agotarse. Naturalmente, pasamos entonces a explotar el que venía después en calidad, el carbón subbituminoso, que vemos aquí completando la diferencia. Y ahora incluso el lignito ha entrado en el juego, pero yo no espero de ningún modo que esa línea verde y descendente vuelva a subir antes de que lleguemos al pico del carbón subbituminoso.

Y ahora veamos la parte más interesante de esta historia. ¿Se acuerdan de que les dije que el contenido en calor o energía libre disponible del carbón empeoraba progresivamente con cada grado de concentración? Si representamos en un gráfico la cantidad total de energía obtenida, el 100%, no las toneladas extraídas de carbón, el cuadro cambia por completo. Mientras que las toneladas, representadas por la flecha roja, han ido aumentando a una tasa del 2%, aquí vemos que la energía total, representada por la línea verde, se ha estancado sin subir nada en absoluto durante los últimos nueve años. ¡Aaaaaah! ¿Significa eso que estamos utilizando energía y gastando dinero para extraer cada vez más carbón y, sin embargo, obtenemos cada vez menos energía de tales esfuerzos? Veamos esta imagen de nuevo. ¿Dónde creen que estamos en esta curva? ¿Están aún por llegar los mejores años? ¿Se sienten seguros con los “250 años de carbón” que el presidente Bush dijo que teníamos por delante?

La energía neta del carbón varía ampliamente, pero al extraer lignito estamos ya muy abajo en la curva de energía neta.

Bueno, de acuerdo, pero podemos cambiar al uranio, ¿no? ¿Les parece que nos olvidemos del peligro radiactivo y construyamos cientos de centrales nucleares?

Bien, pero el problema es que este cuento también tiene truco. Si observamos los grados de las menas de uranio existentes, veremos que varían desde una alta gradación, del 20%, hasta una muy baja, del 0,007%. Sólo el 30% de todas las menas conocidas o supuestamente existentes son de una concentración superior al 0,1%, lo cual deja un 70% por debajo de ese porcentaje. Únicamente un país, Canadá, tiene reservas probadas de un grado superior al 1%, mientras que 11 países ya han agotado por completo sus menas de uranio.

Teniendo en cuenta estos grados de concentración tan extremadamente baja, los rendimientos son bastante mediocres, como cabía esperar. En esta parte de la curva es donde se encuentra el 70% de las reservas conocidas de uranio, que requieren la extracción de entre 1.000 y 20.000 kg de mena para, una vez procesada, poder obtener 1 kg de óxido de uranio.

Está claro que, al igual que sucede con el cobre, estamos bajando por la cuesta de unas concentraciones cada vez menores de uranio… y eso exige matemáticamente cada vez más energía a un costo mayor.

Para quienes no lo sepan, les diré que Francia obtiene el 90% de su electricidad de centrales nucleares, pero su propia extracción de uranio llegó al pico a finales de los años ochenta, mientras que Usamérica sobrepasó antes su propio pico, a principios de la misma década. Ambos países han dejado bien atrás el pico del uranio. De manera que si el uranio es la energía del futuro, el futuro estará en cualquier sitio, menos en esos dos países.

De hecho, esta misma regla natural se aplica a cualquier cosa en la que los humanos hemos metido nuestra mano. El fósforo (un mineral esencial para la agricultura), la pesca marítima y cada uno de los metales nos cuentan la misma historia. Nos estamos quedando sin materias primas de alto grado. Ya existe escasez de la mayoría de ellas o bien está a punto de aparecer durante las próximas décadas. Y, sin embargo, todas esas evaluaciones suponen que existe suficiente energía para poder excavar cuantas minas kilométricas al aire libre nos apetezcan, a la búsqueda de las últimas menas de bajo grado.

Pero lo que de verdad nos cuenta esta historia es que nosotros, la especie humana, ya hemos agotado las menas más ricas del planeta, ya hemos arrasado todas las fuentes accesibles de energía y ya hemos sobreexplotado las tierras más fértiles. Hay quien dice que por cada fanega de trigo que llega al mercado se pierde una fanega de la mejor tierra. En tal sentido, dado que se necesitan cientos de años para formar unos pocos centímetros de la mejor tierra, podríamos decir que nuestros agricultores están explotando el suelo como si fuese una mina.

Durante los relativamente pocos años transcurridos desde que se descubrió el petróleo, hemos consumido las menas y la energía que habían necesitado varios cientos de millones de años para depositarse y hemos agotado la tierra fértil cuya creación necesitó miles de años. No exagero al decir que, a escala humana, una vez que todo eso desaparece, desapareció para siempre.

Otra prueba del efecto mortífero de la actividad humana es que algunos ecosistemas están empezando a emitir señales de estrés. Un ejemplo de ello es la extinción de especies, pero hay otros muchos, tales como las zonas muertas que están apareciendo por todo el globo en los mares poco profundos.

De hecho, basta con mirar a nuestro alrededor para ver lucecitas rojas que se encienden por doquier en nuestro tablero de mandos colectivo, las cuales van desde la extinción de especies hasta el agotamiento de los océanos, pasando por la depauperación de los acuíferos, la aridez de tierras fértiles, el declive de la energía y otras muchas más.

En mi caso, cuando se enciende una luz roja en el tablero de mandos de mi coche, me detengo y voy a ver qué está pasando. Pero observo que en vez de hacer lo mismo, el mundo pisa con más fuerza el pedal del acelerador.

Todo este capítulo se reduce a lo siguiente: en nuestro planeta cada año nacen 70 millones de seres humanos. Lo cual significa que a lo largo de los próximos 40 años deberemos resolver el problema de cómo vivir en un mundo cuyos recursos se agotan si, al mismo tiempo, la población aumenta a una tasa descomunal del 50%.

Mi opinión es que, si somos inteligentes, podríamos resolverlo. Pero si escogemos seguir creciendo porque eso es lo que exige nuestro sistema monetario y porque ésa es la posición inamovible de nuestros políticos, entonces lo más probable es que sigamos avanzando a toda velocidad hasta estrellarnos contra un muro. La lección parece clara: o cambiamos voluntariamente ahora o nos veremos forzados a cambiar involuntariamente después.

Pero regresemos a la Economía. Su principal suposición, según la cual el futuro no sólo será mejor, sino exponencialmente mejor que el presente, va a tener que enfrentarse con esta realidad. Sostengo que las limitaciones que se oponen a esa presunción económica van a ser muy reales durante los próximos 20 años.

De manera que, por fin, ha llegado el momento en el Crash Course de interconectar los tres componentes de la sigla “EEMA”. ¿Recuerdan? Economía, Energía y Medio Ambiente. Nuestra ECONOMÍA se basa en un sistema monetario exponencial que explícitamente instaura un paradigma de crecimiento continuo e implícitamente supone que el futuro será mucho mejor que el presente. El crecimiento requiere energía, no hay manera de eludir dicho principio. La tendencia decreciente que se observa en el ámbito de la ENERGÍA se opone por completo a la suposición sobre la cual se basan nuestro sistema económico y nuestro estilo de vida. El pico de la energía es algo muy real y muy cercano.

En el ámbito del MEDIO AMBIENTE, está fuera de duda que los seres humanos ya hemos agotado prácticamente todos los recursos de alto grado y ahora estamos en camino de hacer lo mismo con los recursos de bajo grado, todo ello para mantener nuestro estilo de vida. El estrés del biosistema ya ha empezado a emitir señales de alarma en nuestro tablero de mandos. El plan de seguir consumiendo como hasta ahora, mientras que la población mundial aumentará en un 50% durante los próximos 40 años, es irrealizable. De hecho, es cualquier cosa menos un plan.

Puesto que somos testigos del agotamiento de los recursos, cuyo grado energético no cesa de disminuir, la extracción exponencial y continuada de recursos es una actitud fantasiosa, carece de sentido. Pero cuando asociamos esa realidad a lo que ya sabemos de nuestras reservas de energía, esta historia se vuelve todavía más irrealizable.

Pues todos y cada uno de los recursos medioambientales clave de alto grado, de los cuales dependemos –metales, minerales, tierra fértil, agua, pesca marítima y todo lo demás–, ya están agotados y la continua extracción de los recursos de bajo grado no hará sino aumentar la competición a la búsqueda de una energía cada vez más escasa, que necesitaríamos más bien para el transporte, para construir viviendas y para protegernos del frío.

Si consideramos esto como un todo, está bien claro que nuestro auténtico desafío consiste en adaptarnos a un mundo obligado a decrecer, no a un mundo que siga creciendo; un mundo en el que deberemos dedicar más energía a gestionar cuidadosamente la que tenemos, no a buscar nuevas fuentes energéticas para seguirlas explotando. Tenemos un sistema económico, cuya razón de ser es crecer, emparejado con un sistema energético que no puede crecer… y ambos están vinculados a un mundo cuyos recursos se están agotando a toda velocidad. De los tres componentes de la sigla EEMA, será el Medio Ambiente quien nos impondrá el ritmo del cambio. Tenemos la obligación de estar preparados. De eso trata el Crash Course.

Lo diré de forma todavía más sencilla, porque deseo que les quede absolutamente claro: nuestra economía debe crecer para sostener un sistema monetario que requiere crecimiento, pero a esto se opone un sistema energético incapaz de crecer y ambos sistemas están vinculados a un mundo natural al borde del colapso.

Terminaré diciendo que, si estuviese convencida de la insolubilidad de estos problemas, no habría dedicado a tiempo pleno, por mi cuenta y riesgo y sin ayuda económica de nadie, los últimos cuatro años de mi vida para poner a punto este Crash Course. Me considero optimista y quiero un futuro mejor para todos.

No podemos permitir que nadie nos venga con cuentos chinos de que nos esperan 250 años de carbón. Debemos enfrentarnos a la realidad.

Debemos desarrollar el sentido de las prioridades y olvidarnos de posiciones adolescentes, según las cuales no puede a pasar nada… porque hasta ahora no ha pasado. Ya va siendo hora de que empecemos a preocuparnos de las generaciones futuras. ¿Cómo queremos que nos juzgue la historia? ¿Cuál es nuestro legado?

Para bien o para mal, nos ha tocado vivir en uno de los momentos más cruciales de la historia de nuestra especie, igual de trascendental como fue la bipedestación de los seres humanos primitivos. ¿Cuál es el papel que nos gustaría representar? ¿Deberíamos vivir acosados por el miedo o desarrollar un sentido de la responsabilidad?

La única manera de que un obstáculo se convierta en infranqueable es dejarlo crecer sin hacer nada.

Dicho lo cual, ha llegado el momento de que evaluemos todos estos obstáculos y decidamos un plan de acción para hacerles frente. Los espero en el Capítulo 19, titulado “El incierto futuro”.

Gracias por su atención.

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