El Crash Course Capítulo 16: Las cuentas no cuadran

Como ustedes ya saben, la inflación es un acto político deliberado. Si es demasiado baja nuestro actual sistema bancario corre el riesgo de quebrar; mientras que si es demasiado alta la mayoría de la gente pierde sus ahorros y crece el nerviosismo político. Así que el truco está en mantener la inflación a la temperatura de Ricitos de Oro, ni demasiado caliente ni demasiado fría.

La inflación tiene dos componentes. El primero es la simple presión que ejerce sobre los precios debida a la existencia de una cantidad demasiado grande de dinero circulante. El segundo depende de las expectativas que tenga la gente sobre la inflación que se avecina. Cuando la gente cree que la inflación permanecerá bajo control, se dice que las expectativas están bien ancladas. Pero si la gente espera una subida de los precios, entonces tiende a gastar su dinero antes de que pierda valor, lo cual retroalimenta la inflación y la hace subir. Cuanto más rápido gasta la gente, más rápido aumenta la inflación. Zimbabwe es un perfecto ejemplo moderno de esta dinámica.

De acuerdo con estos principios, la política oficial sobre la inflación consta de dos componentes: el primero consiste en regular la emisión de moneda y el segundo en anclar las expectativas inflacionarias.

¿De qué manera se anclan? Con el tiempo, esta manera ha ido reduciéndose a poco más que decirle a la gente que la inflación ha bajado un poco o, a veces, mucho más de lo que lo hizo en realidad.

Los detalles de cómo se las arregla el gobierno para hacer esto son más complicados, pero vale la pena estudiarlos. Dejaré claro desde este momento que los trucos y las artimañas que vamos a estudiar no han sido obra de un gobierno en particular o de un partido político concreto. En realidad fueron aumentando con cada gobierno durante los últimos 40 años.

Con Kennedy, a quien le molestaban sobremanera los altos índices de desempleo, se introdujo una nueva clasificación que eliminaba de los titulares a los denominados “trabajadores desmoralizados”, es decir, aquellas personas que ya ni siquiera buscaban trabajo, lo cual hizo bajar las cifras de desempleo.

Johnson creó el “presupuesto unificado” que disfrutamos hoy en día, el cual transfiere los fondos excedentarios de la Seguridad Social al presupuesto general, donde se gastan pero no se incluyen como parte integrante del déficit.

Richard Nixon nos legó la denominada “inflación central”, que excluye los alimentos y la gasolina, lo cual, tal como dijo con sorna Barry Ritholtz, equivale a publicar sólo la exflación de la inflación. Por último, Bill Clinton nos dejó el inextricable laberinto estadístico que constituye hoy en día el método oficial con el que calculamos la inflación.

Cada uno de los cambios fue dando lugar a una nueva manera de calcular y notificar la inflación que, inevitablemente, presentaba los resultados no como son, sino de color de rosa, es decir, según tales datos la actividad económica iba siempre en aumento, la inflación era menor (muchísimo menor) y había empleo para todos. Por desgracia, el impacto acumulativo de todos estos datos manipulados ha dado lugar a que nuestros cálculos económicos hayan perdido toda relación con la realidad. La verdad es que nos estamos siempre contando mentiras podridas, que distorsionan nuestras decisiones y ponen en peligro nuestro futuro económico.

Empezaremos por la inflación, que depende del Bureau of Labor Statistics, en español algo así como la “Oficina de estadísticas laborales”, más conocida por su sigla, BLS. El BLS comunica la inflación mediante un índice específico, denominado índice de precios al consumidor o IPC.

Si ustedes tuviesen que calcular la inflación, probablemente tratarían de saber el precio de una canasta básica de un año para otro, restarían ambas cantidades y hallarían la diferencia entre ellas. De hecho, ese método sería el mismo que se utilizó oficialmente en este país hasta principios de los años ochenta.

Pero en 1996 Clinton puso en práctica los resultados de la Comisión Boskin, con los cuales ahora se calcula la inflación por medio de tres rarezas: Sustitución, coeficiente de ponderación y hedonismo. Para empezar, a causa del denominado efecto de sustitución ya no se calcula simplemente el costo de bienes y servicios de un año para el otro. Gracias a la Comisión Boskin hoy damos por sentado que cuando el precio de algo sube, la gente compra otra cosa más barata. Así que, por ejemplo, cuando el precio del pescado sube demasiado, se le elimina de la canasta básica y se le sustituye por otro alimento más barato, como pueden ser las salchichas. Mediante esta metodología, según el BLS el precio de los alimentos subió un 4,1% de 2007 a 2008.

Sin embargo, el Farm Bureau, que podríamos traducir al español como la Oficina de agricultura, no calcula la inflación de esta manera, sino que de un año para otro utiliza la misma canasta básica con treinta productos. Pues bien, según el Farm Bureau, los precios subieron un 9,2%, no el 4,1% que pretendía el BLS. Como verán, se trata de una enorme diferencia. Si he de fiarme de cómo lo vivimos en mi familia a la hora de comprar, creo que fue el Farm Bureau quien estableció la verdadera tasa de inflación.

Una de las consecuencias del uso del factor sustitución es que el cálculo de la inflación deja de ocuparse del costo de la vida y pasa a ocuparse del costo de la supervivencia

Además, cualquier cosa cuyo precio sube demasiado rápidamente queda sometida al denominado “coeficiente de ponderación geométrica”, con lo cual la ponderación de tales bienes y servicios es menor a la hora de establecer el IPC, porque se supone que la gente los comprará menos. Si echamos mano de dos fuentes estadísticas distintas del gobierno, encontraremos que la asistencia sanitaria constituye el 17% de nuestra economía total, es decir, del PIB, pero en los cálculos de la canasta básica, que sirve para calcular el IPC, sólo representa el 6%.

Y puesto que los costos de la asistencia sanitaria están subiendo con enorme rapidez, el resultado de haber incluido una ponderación mucho menor es una reducción artificial de las cifras de la inflación. Si en vez de eso se utilizase el porcentaje real del gasto sanitario, nuestro IPC sería significativamente mayor.

Pero el ajuste más descabellado de todos se obtiene a través del factor denominado “hedonismo”, palabra griega que significa el placer como fin supremo de la vida. Se supone que el factor hedonismo ajusta las mejoras en la calidad, sobre todo las que conducen a un mayor provecho o utilidad del producto, pero se ha trampeado su uso.

Veamos un ejemplo. Tim LaFleur es un especialista en televisores a sueldo del Bureau of Labor Statistics, que como sabemos es el organismo gubernamental donde se calcula el IPC. Me imagino que Tim trabaja en un sitio parecido a éste. En 2004 observó que un televisor de 27 pulgadas se vendía por 329,99 dólares, es decir el mismo precio que en 2003, pero la pantalla era de mejor calidad. Una vez tomada en cuenta esta mejora subjetiva, ajustó a la baja el precio de dicho televisor, es decir, le rebajó 135 dólares, lo cual le permitió concluir que la mejor calidad de la pantalla equivalía a una reducción del 29% en el precio. El precio reflejado en el IPC no fue el de la tienda, es decir, 329,99 dólares, que es lo que la gente debía pagar, sino 195 dólares. ¿No es extraordinario? Para él, sí. Bureau of Labor Statistics los televisores cuestan menos, lo cual significa que hay menos inflación. Lo malo es que cuando uno va a comprarlos tiene que pagar 329,99 dólares.

El hedonismo es un viaje sin boleto de regreso. Si este año compro un nuevo teléfono para sustituir al viejo y ese nuevo teléfono tiene más botones, el BLS dirá que el precio ha caído. Pero si el nuevo aparato sólo me dura ocho meses en vez de los 30 años que he tenido el viejo, nadie se ocupará de ajustar esa pérdida. En pocas palabras, el factor hedonismo se basa en la improbable suposición de que las nuevas mejoras son siempre beneficiosas y equivalen a una rebaja del precio.

Con el tiempo, el BLS ha ampliado el uso de los ajustes hedonísticos y ahora los aplica a todo: DVD, autos, lavadoras, secadoras, refrigeradores e incluso libros de texto universitarios. El factor hedonismo sirve hoy en día para ajustar el 46% del IPC total.

¿Qué pasaría si eliminásemos todas esas confusas manipulaciones estadísticas para calcular la inflación como en los viejos tiempos? Por fortuna alguien ya lo hizo. John Williams, del sitio web shadowstats.com, se ha dedicado a rastrear minuciosamente todas las modificaciones estadísticas realizadas a lo largo del tiempo y ha anulado sus efectos.

Según Williams, si hoy calculásemos la inflación de la misma manera que a principios de los años ochenta, ésta se situaría en torno al 13%, en vez del 5% que nos cuentan. Lo cual es una diferencia apabullante del 8%, que explica a la perfección lo que vivimos en el día a día. Eso explica por qué la gente tiene que pedir prestado más y ahorrar menos. Sus ingresos verdaderos son inferiores a lo que se nos dice. Una tasa mayor de inflación quiere decir mercados de trabajo más frágiles y niveles de deuda más elevados. Representa con mucha mayor fidelidad el crecimiento de la masa monetaria, y muchas cosas que resultaban difíciles de explicar con los datos oficiales de baja inflación de repente adquieren sentido.

El costo social de engañarnos a nosotros mismos es enorme. Para empezar, si la inflación se calculase como antes, los desembolsos de la Seguridad Social, cuyos aumentos se basan en el IPC, serían un 70% más elevados de lo que son, pues dado que los aumentos del Medicare están asimismo vinculados con el IPC, los hospitales tienen cada vez más dificultades para equilibrar sus presupuestos y el resultado es que muchas comunidades pierden servicios. Ésas son las verdaderas consecuencias.

Pero además de pagar menos con los cheques de ayuda social debido al falseamiento de la inflación, los políticos sacan provecho de otra manera muy importante.

El producto interno bruto, el PIB, sirve para saber si nuestra economía va bien o mal. En teoría, el PIB es la suma total de todas las transacciones con valor añadido en el interior de nuestro país durante un año dado.

Pero veamos un ejemplo de hasta qué punto el PIB se ha extraviado en los meandros de la irrealidad. La cifra oficial del PIB en 2003 fue de 11 billones de dólares, lo cual implica que en 2003 hubo transacciones económicas con valor añadido, basadas en dinero, de 11 billones.

Pero en realidad nada de eso sucedió.

En primer lugar, esos 11 billones incluían 1,6 billones de imputaciones, en las que se suponía que se había creado un valor económico, pero en realidad tales transacciones nunca ocurrieron.

La mayor parte de tales imputaciones correspondió al “valor” que el propietario de una casa recibe por el simple hecho de no tener que pagarse una renta a sí mismo. ¿Ahora entienden? Si usted ya ha pagado su casa por completo y no debe nada de la hipoteca, el gobierno añade la renta que supuestamente debería pagarse a sí mismo por vivir bajo ese techo y añade dicha cantidad al PIB.

Otro truco es el beneficio que usted recibe por el hecho de que su banco no le cobre por las transacciones de su cuenta bancaria. A esas transacciones gratuitas el gobierno les imputa un valor, ya que si no fuesen gratuitas usted debería pagar por ellas. Más claro, agua. Así que ese valor se calcula al azar y se añade también al PIB. Calculadas juntas, estas dos imputaciones añaden más de 1 billón de dólares a nuestro PIB.

Pero, además, el PIB contiene muchos elementos hedonísticamente ajustados. Por ejemplo, las computadoras están hedonísticamente ajustadas para tener en cuenta el hecho de que, como son más rápidas y tienen muchas más prestaciones que en años pasados, ayudan a que nuestra producción económica aumente.

Ese truco permite que cuando se vende una computadora por 1.000 dólares su contribución al PIB sea siempre superior a los 1.000 dólares. Por supuesto, todo ese dinero extra es ficticio, ya que ni existe ni nunca cambió de manos.

Lo curioso es que, en el cálculo de la inflación, los ajustes hedonísticos se utilizan para reducir el precio aparente de las computadoras, mientras que en el cálculo del PIB se utilizan para lo contrario, es decir, para aumentar su precio aparente. Por ello, el factor hedonismo es una maniobra para reflejar precios mayores o menores, aunque siempre falsos, según resulte más conveniente.

¿Y a cuánto ascendieron los ajustes hedonísticos totales en 2003? A la escandalosa cifra de 2,3 billones de dólares. Tomado en su conjunto, eso significa que 3,9 billones de dólares, es decir, el 35% de nuestro PIB, se basó en transacciones inexistentes, que nadie pudo ver, registrar o tocar. Puritito humo. Eran transacciones inventadas, modeladas o imputadas, pero que no aparecen en ninguna cuenta bancaria, pues no hubo dinero alguno que cambiase de manos.

Por eso, cada vez que alguien les diga cosas como “nuestro nivel de endeudamiento es todavía bastante bajo con respecto al PIB” o “el porcentaje del PIB que representan los impuestos es el más bajo de la historia”, no olviden que, como el valor del PIB está artificialmente elevado, toda operación matemática que utilice CUALQUIER COSA como numerador y el PIB como denominador dará un cociente artificialmente bajo.

A continuación procederemos a vincular inflación y PIB. El PIB que publica el gobierno está siempre ajustado a la inflación, lo cual quiere decir que ya se le ha restado la inflación. Eso es lo que se denomina PIB real, mientras que antes de haberlo ajustado a la inflación es el PIB nominal. Se trata de una operación importante, porque se supone que el PIB representa la producción real, no el impacto de la inflación.

Por ejemplo, si toda nuestra economía consistiese en producir lámparas de lava y fabricásemos una un año y otra al siguiente, deberíamos calcular que el crecimiento de nuestro PIB es cero, ya que la producción habría sido exactamente la misma.

De manera que si vendiésemos una lámpara de lava por 100 dólares un año y por 110 dólares al siguiente, y al PIB no le restásemos el aumento del precio, nuestro cálculo habría introducido inadvertidamente un crecimiento del 10%. En este ejemplo, la economía real de la lámpara de lava posee un valor de 100 dólares, mientras que el valor de su economía nominal es 110 dólares. Pero lo que cuenta es la economía real, porque lo que el PIB trata de medir es la producción, no el precio.

¡Aaaaaah! Ahora empezamos a entender la segunda razón por la que a Washington le encanta que la inflación oficial sea baja: es porque el PIB se expresa en términos reales. Los datos del gobierno indican que en el tercer trimestre de 2007 nuestro PIB experimentó un fuerte y asombroso crecimiento del 4,9%. Por aquellos días, muchos políticos declararon con orgullo que aquella excelente noticia se debía a la bajada de los impuestos, etc., etc. Lo que no dijeron, o si lo dijeron fue con la boca pequeña, es que el PIB nominal era del 5,9%, del cual se dedujo una inflación tan ridícula que deja con la boca abierta –el 1%– para poder llegar a ese magnífico resultado final del 4,9%.

En caso de que alguien quisiera creer en la veracidad de ese porcentaje del 4,9% que nos endosaron, tendría antes que aceptar sin pestañear que nuestra inflación nacional era del 1% justamente durante el mismo período en que el petróleo valía cerca de 100 dólares el barril y cuando en todo el mundo se disparaba de forma irrefutable.

Para que no lleguen a pensar que he escogido maliciosamente un caso aislado de astucia estadística, veamos ahora este gráfico del denominado deflactor del PIB, que es una medición específica de la inflación que se sustrae del PIB nominal para revelar el PIB real. Como pueden ver, durante los pasados 15 trimestres, el Bureau of Economic Analysis, es decir, la Oficina de análisis económicos, ha estado tranquila y sistemáticamente sustrayendo porcentajes cada vez menores de inflación, lo cual es un insulto al sentido común, sobre todo si se tiene en cuenta la inflación en el mundo real. Recuerden, cada porcentaje de inflación que se subestima es un porcentaje del PIB que se exagera.

Si esto que les digo no es engañarnos a nosotros mismos, entonces habrá que pensar que estamos delirando. Me gustaría que se acordasen de esta trampa falaz cada vez que alguien les diga que “nuestra robusta economía sigue en expansión”.

Si en vez de hacer caso de las cifras oficiales las calculásemos nosotros mismos o utilizáramos las de John Williams, veríamos que hace ya bastante tiempo que entramos en recesión. ¡Vaya, vaya!

De repente muchas cosas que resultaban difíciles de entender adquieren sentido. Negocios que pierden fuerza, ejecuciones hipotecarias, pérdidas de empleo, aumento de los déficits presupuestarios, reducción de las entradas públicas en concepto de impuestos, disminución de las ventas de automóviles… todo eso se debe a la recesión, no a ninguna expansión.

Y los mismos trucos estadísticos que acabamos de desenmascarar se utilizan en los datos de la renta, el desempleo, el precio de la vivienda, los déficits presupuestarios y prácticamente en cualquier otra estadística económica gubernamental. Cada uno de esos datos está sesgado por una serie de truculencias estadísticas que los muestran de color de rosa.

Estamos en medio de una temible crisis crediticia, en una burbuja que ha estallado y en la primera ola de jubilaciones de baby boomers, de manera que lo que necesitamos es información creíble para poder salir del hoyo, no mentiras. Terminaré con otra cita de Kevin Phillips: “…es posible que nuestra nación lamente un día el haberse olvidado de la historia, del riesgo y del sentido común”.

Esa es la razón por la que deberían preocuparse de aprender algo tan aburrido como la manera de calcular el PIB y la inflación.

Y ahora ya saben por qué las cuentas no cuadran. Los espero en el Capítulo 17, Parte A, en el que hablaremos del pico del petróleo y su relación con nuestro futuro económico.

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