El Crash Course Capítulo 10: La inflación

Veamos un ejemplo. Supongamos que alguien está en una balsa salvavidas en medio del mar y otra persona a bordo tiene una naranja que desea vender. Sólo una de las personas presentes en la balsa tiene dinero: 1 dólar. La naranja se venderá, pues, por 1 dólar. ¡Un momento! Justo antes de que le vendan la naranja a esa persona usted encuentra un billete de 10 dólares en el fondo de su bolsillo. ¿Cuál cree que terminará siendo el precio final de la naranja? Exacto, 10 dólares. Pero sigue siendo la misma naranja, ¿no? Lo que ha cambiado de la naranja de un minuto al siguiente no es su utilidad o sus características, sino más bien la cantidad de dinero que hay en la balsa. Así que podemos formular el siguiente principio: La inflación, siempre y en todas partes, es un fenómeno monetario.

Y lo que es verdad a bordo de una pequeña balsa salvavidas en medio del mar también lo es en un país. Voy a ilustrar esto que digo por medio de un largo recorrido a través de la historia usamericana.

Estamos viendo un gráfico que representa los niveles de los precios en Usamérica. Se inicia a la izquierda en 1665 y progresa más de 300 años hasta 2008, situado a la derecha. Pero en este momento únicamente vemos en el gráfico la inflación del período que va desde 1665 hasta 1776. En la columna vertical las cifras indican los niveles de los precios, no la tasa de inflación. Ahora bien, me podrían preguntar: “¿Cómo se pueden comparar los precios de 1665 a los de 1776 o, menos aún, a los de 2008? La vida ha cambiado mucho a lo largo de todo ese período.” Incluso si ha sido necesario que me tome algunas obvias libertades, lo que se aquí se compara son las cosas básicas de la vida. En 1665 la gente tenía que alimentarse igual que en 1776. La gente debía utilizar un transporte, recibir una educación y vivir en casas en 1665 igual que en 1776. Lo que aquí se compara es el costo relativo de la vida en un período con el costo relativo de la vida en el siguiente. Es decir, la inflación.

En 1665, al costo básico de la vida se le ha atribuido un valor de “5”. Lo que a mí más me sorprende de este gráfico es que desde 1665 hasta 1776 no hubo ninguna inflación. Durante 111 años un dólar ahorrado era un dólar ahorrado. ¿Son capaces de imaginar lo que significaría vivir en un mundo en el que fuese posible ganar 1.000 dólares hoy, enterrarlos en su jardín dentro en una cajita y que 111 años después alguno de sus tataranietos los encontrase al plantar un árbol y pudiera comprar las mismas cosas que esos 1.000 dólares permiten comprar en la actualidad?

No se trata de una pregunta fantasiosa sacada de una novela barata: hubo una época en que ésa fue la realidad en nuestro país. Durante aquel período la economía de este país se basaba en el estándar de la plata y el oro y gozó de un enorme desarrollo con una estabilidad casi perfecta de los precios en tiempos de paz. Sin embargo, estalló una guerra, la denominada Guerra revolucionaria o Guerra de la independencia contra Gran Bretaña, y el país fue incapaz de costearla con el oro y la plata del Tesoro.

Así que fue necesario imprimir un papel moneda que se llamó “continental” y que en un principio estuvo respaldado por una cantidad especificada de oro o plata en el Tesoro. Pero la guerra fue mucho más costosa de lo esperado, y ello obligó a seguir imprimiendo “continentales”. Hasta que los británicos, conscientes de los efectos corrosivos de la inflación en una sociedad, empezaron a falsificarlos y a distribuir enormes cantidades de falsos continentales, hasta que la nueva moneda empezó a perder valor.

No pasó mucho tiempo antes de que apareciese la inflación y Abigail Adams, la mujer de John Adams, el segundo presidente de Usamérica, se quejó amargamente de lo caro que se había puesto todo.

Según puede verse en el gráfico de la inflación, la guerra revolucionaria de independencia hizo que el nivel de los precios pasase de “5” a “8”. Después de la guerra, la ciudadanía rechazó tajantemente los continentales, pues prefería seguir con el oro y la plata. Vale la pena señalar que los precios regresaron pronto a sus niveles de antes de la guerra.

El segundo episodio de inflación también tuvo lugar durante una guerra y también a causa de la superabundancia de papel moneda. De nuevo, a la conclusión de la guerra los precios volvieron relativamente pronto a los niveles anteriores a la guerra y se mantuvieron estables otros 30 años. A estas alturas ya hemos avanzado casi 200 años en el gráfico, pero el costo de la vida seguía siendo el mismo que en 1665. Es algo fascinante.

Pero, de nuevo, estalló una guerra –esta vez la guerra civil–, que fue única en su género. Para financiarla, el Norte se vio obligado a imprimir un tipo de moneda cuyo nombre sigue vigente, pues no es otro que el de nuestra moneda actual. Por supuesto, en aquel tiempo el reverso del billete era verdaderamente verde. Y de nuevo regresó la inflación, directamente relacionada con la guerra, pero desapareció una vez que ésta terminó. Ya han transcurrido 250 años de esta historia y el costo de la vida seguía siendo el mismo que al principio. ¿Se lo pueden imaginar?

Pero vino otra guerra, ésta mucho peor que cualquiera de las anteriores y, de nuevo, regresó la inflación.

Y luego otra, muchísimo mayor que cualquiera de las precedentes y, ¿lo adivinan?, también fue inflacionaria. Pero esta vez sucedió algo extraño. La inflación no desapareció, siguió su curso hasta el inicio de la siguiente guerra. Pero, ¿por qué? Hubo dos razones. La primera fue que el país ya había abandonado el estándar del oro por un estándar de papel moneda fiat administrado por la Reserva Federal, y los ciudadanos ya no disponían de ningún otro dinero al cual regresar. Y, en segundo lugar, ésta fue la primera vez que la maquinaria de la guerra no fue desmantelada tras la conclusión de las hostilidades.

En vez de ello, se mantuvo una movilización total para una prolongada guerra fría, que fue un conflicto tan inflacionario como la peor de las guerras.

Y, si observamos en retrospectiva todo este período histórico, podemos formular un principio muy obvio: Todas las guerras producen inflación, sin excepción alguna.

Pero, ¿por qué? Es muy sencillo. Cada vez que el gobierno aumenta el déficit crea las condiciones necesarias para la inflación. Sin embargo, si el gasto que produce dicho déficit se utiliza para infraestructuras provechosas, tales como carreteras o puentes, esa inversión se volverá rentable lentamente al estimular la productividad y favorecer la creación de nuevos bienes y servicios que “absorberán” este gasto con el tiempo.

Las guerras, sin embargo, son algo especial. En ellas se derrochan enormes cantidades de dinero en cosas que sólo sirven para destruir. El dinero se queda en casa, pero los productos creados con él se envían fuera para destruir otros bienes. Cuando una bomba estalla no deja beneficios residuales en la economía nacional. Por eso el gasto de una guerra es el más inflacionario de todos los gastos. Es una doble maldición, porque el dinero permanece y sigue ejerciendo su mágico maleficio, mientras que los productos creados desaparecen. E incluso si los productos creados no se destruyen al hacerlos explotar, los beneficios económicos residuales que dejan son prácticamente nulos para tratarse de una maquinaria tan especializada, por muy extraordinaria que sea su tecnología.

Lo extraño es que los medios dominantes usamericanos han presentado las dos guerras más recientes como algo relativamente “indoloro” para el ciudadano medio, y ello a pesar de los aplastantes indicios de lo contrario.

De hecho, en este gráfico de los precios de materias primas durante 15 años observamos que por más de 10 años tales precios oscilaron en una estrecha banda limitada por las dos líneas verdes paralelas. Sin embargo, y espero que no les resulte sorprendente, poco después del inicio de la guerra en Iraq los precios de esas materias primas empezaron a subir y en los cinco años que han transcurrido crecieron casi un 140%. Lo que pagan ustedes ahora por la gasolina y los alimentos lo confirma.

Así que si alguien trata de decirles que no han hecho ningún sacrificio a causa de esa guerra, díganle que es mentira, pues ya han sacrificado una parte importante de sus ahorros y de su salario.

Pero volvamos a nuestra historia. Aquí vemos la inflación entre 1665 y 1975. Puesto que ahora sabemos lo que hizo Nixon el 15 agosto de 1971, ¿cuál creen que será el aspecto que adoptará gráfico entre 1975 y hoy en día?

Éste es el mundo que hemos conocido. Hemos vivido durante tanto tiempo en la abrupta subida de la curva y estamos tan acostumbrados a ella que casi la consideramos normal.

El hecho de que la inflación sea hoy algo permanente y vaya aumentando a una tasa porcentual hace que nuestro dinero pierda valor de forma exponencial.

Eso es lo que esta gráfica en palo de hockey nos está diciendo a gritos.

¿Qué significa vivir en un mundo donde el dinero pierde valor de forma exponencial? Ustedes saben bien lo que significa, porque viven en él. Significa que uno debe trabajar cada vez más y con mayor ahínco para no quedarse atrás y significa verse obligados a tomar decisiones enormemente arriesgadas a la hora de invertir, en un intento de hacer crecer nuestros ahorros lo suficiente como para evitar las pérdidas producidas por la inflación.

Significa que ahora necesitamos dos salarios, mientras que antes nos bastaba con uno, y significa que nuestros niños crecen solos, porque tanto al padre como a la madre no les queda más remedio que trabajar fuera. Un mundo en el que el dinero vale cada vez menos resulta diabólicamente complicado y no deja margen alguno para el error, sobre todo a quienes carecen de los medios necesarios o de las conexiones apropiadas.

Y eso no tiene por qué ser así. De hecho, durante la mayor parte de la historia de nuestro país no fue así. Me cuesta mucho creer que la inflación sea algo obligatorio y con una función esencial para el bienestar, puesto que entre 1665 y 1940 este país fue testigo de un enorme progreso sin que hubiese ningún tipo de inflación continuada.

Este capítulo tiene como objetivo mostrarles que nuestro país no siempre vivió bajo un régimen de inflación perpetua y que, desde un punto de vista histórico, la inflación es algo muy reciente.

Para añadirle perspectiva a todo esto, veamos ahora los momentos en que nuestro país abandonó el estándar del oro, primero de forma interna y luego por completo.

Es posible que se queden sorprendidos, como a mí me sucedió, al descubrir que la inflación no es una de esas leyes misteriosas que rigen la naturaleza, como lo es la ley de la gravedad, sino un claro asunto de política económica.

De manera que ya podemos conceptualizar el Concepto clave N.º 5: La inflación, siempre y en cualquier lugar, es un fenómeno monetario.

Y, si lo expresamos de otra manera, también podremos decir que la inflación es un acto político deliberado.

Alguien dijo con sarcasmo: “El papel moneda termina siempre por volver a su valor intrínseco, cero”. Ese alguien fue Voltaire, en 1729. Por supuesto, fue demasiado pesimista en su evaluación, su valor intrínseco no es cero, como bien lo prueba la fotografía de esta mujer alemana, que la muestra aprovechando la energía intrínseca de estos billetes para quemarlos en su caldera y transformarlos en calor.

John Maynard Keynes, el padre de la rama de la economía que hoy domina nuestras vidas, dijo lo siguiente sobre la inflación:

“Lenin tenía toda la razón, no hay manera mejor, más sutil o segura de destruir las bases de una sociedad que corromper su moneda.

Mediante un proceso continuo de inflación, los gobiernos pueden confiscar, en secreto y sin que nadie se dé cuenta, una parte importante de la riqueza de los ciudadanos.

Este proceso utiliza todas las fuerzas ocultas de la economía para destruir y lo hace de una manera imposible de diagnosticar.”

Dado que los arquitectos y administradores de nuestro sistema monetario son muy conscientes de los efectos destructores y corrosivos de la inflación, es lógico que nos preguntemos qué es lo que buscan.

Para terminar, en este Capítulo 10 del Crash Course señalaremos las conexiones de tres detalles muy importantes:

1: En 1971, Usamérica y, por extensión el mundo entero, eliminaron la última relación con el oro y las limitaciones que éste imponía; a partir de entonces el endeudamiento federal inició una escalada sin retorno.

2: Al mismo tiempo, la provisión de dinero “inició a su vez su escalada sin retorno” y empezó a crecer a una velocidad mucho mayor que la de los bienes y servicios existentes en la realidad.

Lo cual nos lleva al punto 3, que es la inflación, es decir, el resultado totalmente predecible de los puntos 1 y 2.

Pim, pam, pum. Uno, dos y tres. Los tres están interconectados, los tres expresan lo mismo y ejercen una influencia devastadora para nuestro futuro.

Si son ustedes de la opinión que no pasa nada si estos tres gráficos siguen creciendo de forma exponencial hasta el infinito, ya pueden abandonar el Crash Course.

Pero si no lo creen, probablemente les interese continuarlo.

Es de una importancia fundamental que comprendan la manera en que estos tres puntos se interconectan, que evalúen los riesgos que corren y que tomen las decisiones que se imponen ante la posibilidad de que el futuro sea radicalmente distinto del presente.

Ahora, una vez que hemos estudiado la función exponencial, el dinero y la inflación, disponemos ya de las herramientas necesarias para abordar los restantes capítulos del Crash Course.

Pero antes debemos conectar unos cuantos puntos más. Los espero en el Capítulo 11, titulado “¿Cuánto es un billón?”. Adelante.

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